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Huachicol y trazabilidad: dos caras de un mismo problema

Basta revisar los principales periódicos del país para advertir que el huachicol ha vuelto a colocarse en el centro de la conversación nacional.
No se trata solo de notas informativas de alcance coyuntural. Algunas de las plumas más analíticas de la prensa mexicana dedican hoy sus espacios a descifrar qué ocurre realmente en torno al combate al mercado ilegal de combustibles y, de manera particular, qué sucedió con el aseguramiento de más de 59 millones de litros en una terminal de San José Iturbide, Guanajuato.

Las perspectivas han sido diversas. Carlos Puig, en Milenio, aborda el tema bajo el título “¿‘Huachicol’ en Guanajuato? La afición por alardear”. En el mismo diario, Óscar Cedillo plantea en “‘Huachicol’: un operativo apresurado” una distinción conceptual apremiante: una cosa es acreditar que una instalación opera legalmente y otra, sustancialmente distinta, demostrar la procedencia del combustible almacenado en ella.

Por su parte, Sergio Sarmiento titula en Reforma “Pifias de la FGR”; Eduardo Ruiz-Healy cuestiona desde El Economista: “59 millones de litros: ¿huachicol o no?”; mientras Atzayaelh Torres plantea en El Financiero una interrogante casi idéntica: “¿Es o no huachicol?”.

Sumado a ello, Miguel Ángel Velázquez reflexiona en La Jornada sobre “El extraño caso del mayor golpe al huachicol”; Raúl Rodríguez Cortés examina en El Universal “El huachicol en tiempos electorales y los juicios sumarios de opinión”, y Mario Maldonado expone las probables redes institucionales y empresariales vinculadas al denominado huachicol fiscal.

Distintos medios, visiones y líneas editoriales convergiendo simultáneamente sobre el mismo fenómeno. Ese consenso analítico debería decirnos algo.

El huachicol dejó hace tiempo de reducirse a la estampa clásica de la toma clandestina, el ducto perforado o la pipa en la clandestinidad. Hoy abarca un entramado complejo de importaciones, aduanas, pedimentos, CFDI, controles volumétricos, logística, comercialización e impuestos.

En el centro de esta sofisticación emerge una pregunta crucial para el futuro del sector energético nacional: ¿es posible reconstruir con absoluta certeza la historia de cada litro?

Mientras la opinión pública atiende los grandes operativos mediáticos, al interior del sector cobra fuerza una conversación más técnica pero igualmente determinante: las medidas
previstas hacia el ejercicio 2027 para fortalecer la trazabilidad de gasolinas y diésel para efectos del IEPS.

Podrían parecer discusiones distantes, pero no lo son. El combate al huachicol fiscal y las nuevas exigencias de trazabilidad parten de la misma premisa: identificar el origen, tránsito, almacenamiento, comercialización, facturación y tributación exacta de la molécula.

La lógica teórica es elemental: los litros tienen que cuadrar. Todo volumen recibido, transportado o vendido debe reflejar una correspondencia matemática y documental perfecta en controles volumétricos, CFDI, pedimentos e inventarios.

Sin embargo, en la práctica operativa es donde surgen los matices y la inquietud del sector. Una cosa es perseguir una conducta ilícita deliberada y otra muy diferente interpretar variaciones propias de la operación cotidiana de una empresa formal. Los combustibles no son estáticos: están sujetos a fluctuaciones térmicas, variaciones en volumen, mermas logísticas, tiempos diferidos entre facturación y entrega, y dinámicas complejas de almacenamiento.

Por ello, la trazabilidad ha dejado de ser un mero trámite regulatorio para convertirse en un factor de riesgo fiscal y financiero. Una discrepancia no aclarada entre volúmenes comprados y vendidos puede pasar de ser un desajuste administrativo a una contingencia grave en materia de IEPS.

Esta realidad explica por qué la preocupación abarca a comercializadores, distribuidores, transportistas y estaciones de servicio. No se trata de una resistencia a la fiscalización; quienes operan en la legalidad son los primeros interesados en erradicar la competencia desleal del producto ilícito. El verdadero reto radica en la capacidad institucional para distinguir con precisión entre una red delictiva y una discrepancia puramente técnica u operativa.

Lo ocurrido en estas semanas deja una lección fundamental, resumida certeramente por Óscar Cedillo al cierre de su análisis:
“Combatir el huachicol exige operativos contundentes. Pero también expedientes igualmente contundentes.”

Asegurar millones de litros genera titulares inmediatos; probar jurídicamente la ilícita procedencia o la evasión fiscal exige integración probatoria: pedimentos, trazabilidad volumétrica, contratos, contabilidad y debido proceso.

Esa misma solidez será la exigencia del mercado hacia 2027. Mientras la autoridad utilizará la trazabilidad como herramienta de fiscalización contra el contrabando, las empresas deberán emplearla como un escudo de cumplimiento e idoneidad jurídica.

Los meses venideros abren una ventana indispensable para auditorías internas, revisión de controles volumétricos y consolidación de expedientes. La lección es clara: el combate al mercado ilegal y los nuevos marcos fiscales no son fenómenos aislados. Son las dos caras de la misma moneda.

En el México que viene, ya no bastará con saber quién compra y quién vende. Habrá que demostrar fehacientemente de dónde vino, por dónde pasó, cómo se tributó y dónde terminó cada gota de combustible. El futuro de la industria se escribirá a través de un solo concepto: la huella del combustible.

 

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Durante años, el mercado de combustibles en México se explicó a partir de variables relativamente conocidas: precio internacional del petróleo, tipo de cambio, costos logísticos, márgenes de comercialización e impuestos. Hoy esa explicación resulta insuficiente.

Lo que está ocurriendo en 2026 es mucho más profundo. El sector atraviesa una transformación estructural que está modificando la manera de importar, almacenar, transportar, comercializar y vender combustibles. No se trata únicamente de un cambio regulatorio; estamos frente a una nueva forma de supervisar y controlar toda la cadena de valor.

Un mercado más vigilado que nunca

En los últimos meses, la autoridad ha desplegado una estrategia que combina facultades fiscales, energéticas, aduaneras y de seguridad.

La creación de la Comisión Nacional de Energía (CNE), la implementación de nuevas obligaciones de trazabilidad, la digitalización de la información comercial y el fortalecimiento de los mecanismos de supervisión han generado un entorno donde prácticamente cada litro puede ser rastreado desde su origen hasta el consumidor final.

Lo que antes eran procesos aislados ahora forman parte de un ecosistema de información conectado.

Los controles volumétricos dialogan con los CFDI.

Los CFDI dialogan con los permisos.

Los permisos dialogan con los reportes operativos.

Y toda esa información puede ser revisada simultáneamente por diversas autoridades.

La consecuencia es evidente: el incumplimiento regulatorio ya no permanece oculto durante años. Hoy puede detectarse en cuestión de días.

 

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La actividad de expendio al público de gasolinas y diésel en México ha dejado de ser una simple transacción comercial para convertirse en el epicentro de una compleja batalla regulatoria. Las recientes visitas de verificación y la ola de clausuras abren un debate impostergable en el sector: ¿estamos presenciando una legítima defensa del consumidor y de la seguridad nacional, o una estrategia de presión institucional que raya en la asfixia operativa?

La intervención de dependencias y órganos reguladores como la PROFECO, la CNE, el SAT y la ASEA, no solo es legal, sino indispensable. Desde una perspectiva técnica, las inspecciones bajo la NOM-005-ASEA-2016 son herramientas preventivas vitales para la gestión de riesgos y la seguridad industrial en instalaciones que manejan sustancias inflamables; un criterio de orden público respaldado firmemente por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).

La paradoja digital y la desproporcionalidad

Sin embargo, el diablo está en los detalles y, sobre todo, en la desproporcionalidad de las sanciones. El marco normativo actual permite que fallas administrativas menores o discrepancias técnicas mínimas –muchas veces provocadas por variaciones térmicas naturales en los tanques y volumétricos– deriven en la clausura inmediata del establecimiento.

La paradoja más crítica del día a día operativo es que los inspectores federales suelen rechazar sistemáticamente las versiones digitales de los permisos oficiales que las propias dependencias gubernamentales generan. Esta desconexión entre la digitalización del Estado y la verificación física en sitio traba la operación legal de forma absurda.

Esta campaña de fiscalización, que acumula cerca de 80 clausuras de estaciones de servicio en los últimos dos meses, se ha concentrado prioritariamente en corredores comerciales de alta densidad vehicular. Marcas e importadores internacionales, así como establecimientos con precios finales más elevados, han sido los objetivos principales.

Aquí radica otra gran inconsistencia: el gremio gasolinero decidió apoyar la política energética del gobierno federal mediante pactos de precios para contener la inflación en la gasolina regular y el diésel, sacrificando y estrechando sus márgenes de utilidad. A cambio, el sector no encuentra reciprocidad ni homogeneidad en los criterios que se ejercen durante las visitas de inspección.

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Marcial Diaz

Tema especial administrable para contenido editorial y trayectoria profesional.